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Entrevista
a Bert Hellinger
Wolfgang Lenk, Johannes Schmidt y
Brigitte Sawieja
Berlín, Junio 1995
(Traducción: Sylvia Gómez Pedra)
Me gustaría hablar contigo del
trasfondo de tu terapia y de qué significa percibir fenomenológicamente.
Frecuentemente captas un misterio que lleva a cambios fundamentales,
sin que pueda definirse exactamente. ¿Cómo describirías
este proceso?
Si te entiendo bien, te refieres a la descripción del proceso
del conocimiento.
Lo primero sería que este proceso no puede comprenderse bajo
los conceptos de intuición o de experiencia. Para mí
es mucho más. La intuición, para mí es una
comprensión espontánea de cómo y dónde
sigue el camino. Está orientada hacia el futuro. Surge en
el momento, sin mi intervención.
Mi proceso del conocimiento, en cambio, lo defino como percepción.
Es algo totalmente distinto. Percepción significa que me
expongo a un contexto determinado, por ejemplo, mirando qué
ocurre cuando las personas se remiten a su conciencia, o si alegan
que actúan a conciencia.
Éste es un fenómeno muy polifacético que durante
mucho tiempo no logré comprender. Así, pues, durante
años simplemente me exponía a ello, con la atención
centrada, hasta que, de repente, percibí lo que "conciencia"
significaba esencialmente.
La conciencia es un órgano de equilibrio sistémico
con cuya ayuda cualquier persona puede percibir inmediatamente si
se encuentra en concordancia con el sistema o no; si hace algo que
le asegura la pertenencia, o si hace algo que amenaza o anula su
pertenencia. Por tanto, se ha mostrado que la buena conciencia no
significa más que: "aún puedo formar parte";
y que la mala conciencia significa: "debo temer que ya no puedo
formar parte".
Así, pues, de una gran variedad de fenómenos, de repente
se captó lo esencial. Esto es lo que yo llamo un procedimiento
fenomenológico. No tiene nada que ver con imágenes
preconcebidas, ni tampoco con la intención de imponer algo,
por ejemplo, una idea, o de conservar determinadas tradiciones.
Se trata de un proceso sumamente sencillo, centrado, sin intenciones
ni miedos.
Muchos terapeutas familiares sistémicos
tienen un concepto de terapia algo diferente. Según su entender,
el inventar verdades -ellos dicen historias- desempeña un
papel importante, porque creen que es imposible descubrir -entre
comillas- una verdad objetiva. El trabajo aquí muestra que
la palabra "encontrar" sería, quizás, un
concepto más acertado que "inventar"; por ejemplo,
cuando vemos que algo simplemente está en cuanto se configura
una familia.
En los procesos de conocimiento, en cuanto se apunta a algo absoluto,
ya no funciona. El conocimiento es un proceso vital, sirve a la
vida. El conocimiento resulta de una interacción con algo
que, no obstante, no necesito comprender como tal. Comprendo el
resultado de la interacción. En este punto es posible ver
que cuando dos personas se exponen a un mismo fenómeno, queriendo
lograr algo en relación a ese fenómeno, el uno consigue
más que el otro. Si lo comprendido únicamente fuera
inventado, no se podría distinguir ningún más
ni menos en el resultado.
Por tanto, existe una orientación en algo que va más
allá de la construcción. En el trabajo con constelaciones
familiares, por ejemplo, se ve que los participantes pueden percibir
lo que ocurre en un sistema que ni siquiera conocen. Los conceptos
constructivistas no permiten en absoluto captar este proceso. Sin
embargo, es indiscutible que el constructivismo lleva una parte
de verdad, que se puede ver que algo no es más que una construcción
y que, a pesar de todo, muchos se dejan engañar, por ejemplo,
por ideologías. Pero la solución y la meta precisamente
consisten en desprenderse de los constructos, permitiéndose
percibir una vez más y con más detalle aquello que
es.
¿Qué actúa en tu
forma de terapia? ¿Qué cambia en relación al
sistema, al individuo, a su enfermedad y su sanación?
Primeramente, quisiera decir qué es lo que yo entiendo por
orden, ya que la efectividad resulta de un orden encontrado. Cuando
encuentro un orden, el orden acertado -de momento lo diré
de esta manera tan categórica- este hecho tiene un efecto
sanador o liberador en un sistema.
Un orden es algo predeterminado. Así, por ejemplo, un árbol
se desarrolla siguiendo un determinado orden. Está predeterminado
para él. No puede salirse de este orden; de lo contrario,
ya no sería árbol. De la misma manera, también
la persona humana se desarrolla según un orden determinado.
Estos órdenes nos vienen dados de antemano.
Sin embargo, algunos dicen que el orden tendría que ser diferente
de como lo encuentran, porque ellos desearían algo distinto.
Así, se construyen un orden de acuerdo con sus propios deseos,
sin tener en cuenta cuál sería el orden predeterminado.
El orden predeterminado es algo oculto; no puedo encontrarlo tan
fácilmente ni, menos aún, inventarlo.
Para mí, el proceso de encontrar determinados órdenes
se desarrolla de la siguiente manera: me retiro sobre mí
mismo abriendo, al mismo tiempo, mi mirada para aquello que tengo
delante de mí, sin intenciones y sin miedo a las consecuencias.
Estando centrado y atento de esta manera, me encuentro en contacto
con algo más grande. No puedo definirlo. A veces lo llamo
alma, o Gran Alma, o algo misterioso de donde nace la fuerza. Estando
en contacto con ello, reconozco estructuras que ayudan o impiden.
En lo que al orden se refiere, mantengo lo siguiente: el orden se
muestra en aquello que por una parte une y, por otra, permite un
desarrollo. Ambos elementos tienen que estar presentes. De una familia
en la que todos se sienten mal cuando la configuramos, supongo que
se encuentra en desorden. Así, busco el orden sanador, el
orden que libera. Una vez encontrado este orden, veo que es un orden
que une a todos, permitiendo al mismo tiempo el desarrollo ulterior
de cada uno.
Estos órdenes pueden ser reconocidos y aplicados en un nivel
más bien superficial o en un nivel más profundo. Así,
por ejemplo, al encontrarse órdenes que llevan a la enfermedad
y órdenes que sanan, la persona puede trabajar con ellos
a un nivel relativamente superficial, porque lo sabe. De esta manera,
sin embargo, no trabaja partiendo de un conocimiento inmediato del
orden, sino de aquello que ha oído de él o que ya
antes reconoció; es decir, aplica sus conocimientos. Ésta
es una posibilidad de trabajar con el conocimiento de determinados
órdenes. De esta manera, sin embargo, mi efectividad será
limitada.
En cambio, cuando deseo lograr algo a un nivel profundo, tengo que
recogerme mucho más profundamente. Este recogimiento se dirige
a un centro vacío. Así estoy en contacto con algo
sanador que no puedo explicar. No obstante, se muestra por sus efectos.
Comunicando aquello que de esta forma capto, los efectos me permiten
comprobar inmediatamente si realmente estuve en contacto o no. Puedo
ver, por ejemplo, si mi percepción desencadena un movimiento
en el otro o si tan sólo causa curiosidad, u objeciones y
preguntas. Por tanto, aquí se distinguen diversos niveles.
Vuelvo a los órdenes. Tengo la
impresión de que éste es el punto en que tu trabajo
topa con la mayor incomprensión y con el reproche de una
actitud supuestamente dogmática. Yo, personalmente, no lo
vivo así. Para mí, eres un verdadero empírico,
porque procedes de manera fenomenológica. Pero también
veo que este trabajo requiere una actitud de tacto y de respeto.
También en este seminario me sorprende ver con qué
calma y recogimiento mantienes esta actitud. Ya que muchas veces
se desarrollan situaciones muy cargadas, hecho que también
se plasma en el público. ¿De dónde sacas la
fuerza para esta actitud? ¿Cómo te mantienes en este
recogimiento y en esta claridad de percepción?
La calma, al igual que la percepción, proviene del asentimiento
al mundo tal como se presenta, es decir, sin la intención
de cambiarlo. En el fondo, ésta es una actitud religiosa,
porque se integra en un todo mayor sin arrogarse la capacidad de
saberlo mejor, o de poder lograr un desenlace mejor que aquél
que las fuerzas profundas, de por sí, procuran. Por tanto,
para mí, la actitud fundamental es la de asentir a todo tal
como es. Cuando veo algo bello, para mí forma parte del mundo
al que asiento. Y cuando veo algo terrible, también asiento
a ello. Tanto lo uno como lo otro. Esto es lo que suelo llamar humildad:
el asentimiento al mundo tal como se presenta. Sólo este
asentimiento me permite percibir con exactitud. De lo contrario,
mis constructos -de momento los llamaré así- o mis
intenciones o ideologías me impiden la percepción.
Aún hay que tener en cuenta otro hecho más: el orden
no se muestra con claridad, sino que se presenta de manera diferente
en cada momento. En él hay una gran variedad, una plenitud.
Únicamente surge puntualmente. Por tanto, una constelación
familiar es distinta de la otra, aunque por sus situaciones básicas
sean similares. Ahora bien, aquello que percibo en ese momento,
también lo digo. Entonces algunos lo consideran una afirmación
o una verdad general. Pero precisamente no es así. Se trata
de una percepción de algo que surge de esta forma en un momento
determinado. Esta percepción es válida para ese momento,
y en ese momento es también absolutamente comprensible. Sin
embargo, si lo desligo de la percepción del momento, convirtiéndolo
en una doctrina, mis palabras parecen dogmáticas.
Cuando se da tanto y se toma tanto,
¿cómo es posible guardar los propios límites
como persona?
El terapeuta puede hacerlo si en este trabajo pasa a un nivel superior
-también podría decirse inferior, no tiene ninguna
importancia en este caso. Pero la imagen del nivel superior es más
bella. Cuando estoy en una montaña, mirando a mi alrededor,
no necesito guardar mis límites. En la plenitud no es necesario
poner límites. En cambio, acercándome demasiado a
un asunto o cargando con algo ajeno, ya no soy sólo alguien
que mira. Entonces es difícil guardar los límites.
Después de haber visto tu trabajo,
me pregunto cuántos sentidos tendrás realmente. Y
muy especialmente pregunto: ¿Qué puedes encomendarles
a otros para ejercitar sus sentidos de una manera similar?
En este trabajo, los órganos sensoriales de todos modos tienen
que estar abiertos. Aparte de eso, sin embargo, aún existe
una especie de percepción íntegra. La percepción
íntegra se hace posible cuando le doy un lugar a todo, sin
excluir nada. En una constelación familiar, le doy un lugar
en mi corazón a cada uno, también a aquellos que parecen
los malos o los perpetradores, o ante los que otros sienten miedo
o repugnancia. También a ellos les doy un lugar. De esta
manera estoy en contacto con una totalidad -yo lo vivo como una
totalidad. Además, siempre veo a una persona como parte de
un todo mayor. Cuando trabajo con ella como terapeuta, en el fondo
no me dirijo a esta persona como persona, o a su yo, sino que hablo
a su alma, allí donde se encuentra unida con algo mas grande.
De esta manera se logra mucho más que limitándome
a aquello que aparece en un primer plano.
¿Cómo se puede ejercitar? Se ejercita la percepción
íntegra. A partir de ahí, todo lo demás resulta
con toda facilidad.
Me gustaría volver sobre la pregunta
de qué es lo que actúa. Me llama la atención
que les exiges mucho a los pacientes, que vas hasta el límite.
Y también me he dado cuenta de que interrumpes el trabajo
en un punto determinado para que después siga desarrollándose,
desplegándose sólo, para que la fuerza actúe.
¿Puedes describir más detalladamente por qué
y cómo lo haces?
Sí. Con el paciente, o el cliente, repaso todo el campo de
las consecuencias de su comportamiento, o de las consecuencias de
los destinos en su familia. No lo limito a algo feliz o fácil,
sino también miro lo difícil, justamente lo difícil.
Y lo acompaño hasta la frontera, donde él y su sistema
se hallan amenazados. Lo acompaño hasta ahí, con valentía,
sin miedo. En último extremo, me supone encarar también
la posibilidad de que la persona se muera o que haya un desenlace
fatal. Todo eso lo repaso con él, hacia todos los lados.
Así, abarco todo el campo de la realidad de este sistema.
Una vez repasado todo este ámbito, sé dónde
se encuentran los límites y qué es posible o imposible
dentro de este campo.
Cuando el paciente conoce los límites, se le abre la posibilidad
de establecer cambios. Sólo así percibe lo que es
posible, tanto para mal como para bien, y eso le da fuerza. Con
esta fuerza se busca la solución que sea posible, la mejor
para todos. A veces, en el límite extremo, la solución
significa tener que asentir también al final y al hecho de
que no existe ninguna solución más fácil. En
la mayoría de los casos, sin embargo, aún es posible
encontrar otra solución. Ahora que he ido hasta el límite
con el cliente, esta solución puede lograrse con mucha más
facilidad que antes. Ahora ve sus posibilidades y sus límites,
pudiendo encontrar más fácilmente el camino apropiado
para sí mismo.
Quisiera hacer una pregunta en relación
al "amor". En el curso de este seminario, también
dijiste que cuando se perdía el amor, el sistema caía
en desorden, y cuando se reconocía y recuperaba el amor,
el sistema podía volver al orden. ¿Qué ocurre
en el fondo?
Antes de responder a esta pregunta, quisiera volver sobre el orden.
Aquello que nosotros llamamos valores o sentido, es algo que sirve
al orden, es decir, a aquello que sirve a la unión y al desarrollo
ulterior. Por este motivo, el orden siempre ocupa el primer lugar.
Todo lo demás se halla al servicio de este orden. Por tanto,
no puedo pretender cambiar el orden a través de los valores,
diciendo: "Éste es el valor supremo; por tanto, el orden
tiene que amoldarse a este valor." No, al revés: el
valor se amolda al orden. También el amor sigue al orden,
se halla al servicio del orden.
La más alta expresión del amor es confirmarle al otro
la pertenencia al sistema, o, más exactamente, confirmar
que tiene el mismo derecho a la pertenencia que yo. Al mismo tiempo,
también le exijo que reconozca que yo reclamo el mismo derecho
a la pertenencia que él. De esta confirmación mutua
se desarrolla un profundo sentimiento de solidaridad. Éste
sería el amor que libera.
Debajo, aún actúan otras formas del amor, por ejemplo,
el amor de vinculación. Gracias a este amor que nace del
vínculo, un niño, que aún no comprende la magnitud
y la envergadura del destino, se aferra a su madre o a su padre
con el deseo de estar a su lado a toda costa, aunque ya hayan muerto.
Así, se desarrolla la dinámica de: "Te sigo a
la muerte." Sin embargo, se trata de una dinámica fatal
para el sistema, ya que, cuando uno se marcha, también otro
se va, en vez de quedarse al menos él. Ahora bien, en cuanto
el hijo es capaz de reconocer que el padre sigue viviendo en él,
aunque ya haya muerto, que, a pesar de todo, su unión persiste,
el padre recibe la confirmación de su derecho a la pertenencia,
aunque ya haya muerto. Así, también el hijo, con amor,
puede exigirle el reconocimiento de su propia pertenencia, pidiéndole:
"Mírame con buenos ojos si aún me quedo",
o cualquiera que sea la frase en el caso concreto.
Vuelvo a preguntar por la efectividad
de tu trabajo. Últimamente está cobrando una gran
presencia pública, también podría decirse:
se encuentra expuesto a la luz implacable de la profesión
psicoterapéutica. Cuanto más interés suscita,
tanto más grande es también la necesidad de evaluar
aquello que haces. Llevando conversaciones con compañeros,
una y otra vez surgen dudas y preguntas acerca de la efectividad
de tu trabajo. Se dicen cosas como: "Sí, es impresionante,
llega hondo, de alguna manera es una intervención relámpago,
pero aún no se sabe nada de los efectos que tiene."
Actualmente, hasta cierto punto también se intenta integrar
tu trabajo en otro sistema grande. La pregunta es si ese otro sistema
realmente corresponde a tu quehacer. No obstante, también
yo empiezo a sentir la necesidad de comprobar la efectividad de
este trabajo al cabo de uno o dos años. ¿Existe la
posibilidad de hacerlo, o sería una arrogancia? ¿O
simplemente no podemos encontrar una forma adecuada de evaluar este
trabajo? Es parecido a hipnoterapia, donde se modifican las imágenes
interiores, o se intenta modificarlas, para después dejar
que el proceso se vaya desarrollando en el subconsciente. Sin embargo,
al cabo de un tiempo, también se PREGUNTA.- ¿Es efectivo
o no?
Considero legítima esta necesidad de querer ver qué
efectos tiene este trabajo. Por otra parte, también es verdad
que la persona que quiera valorar este trabajo tiene que haberlo
hecho personalmente. Quien lo hace personalmente, ya durante el
trabajo recibe un feedback que le permite sopesar qué es
lo que ayuda o no ayuda. La respuesta más importante se recibe
durante el trabajo mismo con la constelación. En ese momento
se puede ver inmediatamente qué ha cambiado en los sentimientos,
en la mirada, en el estado de ánimo, en la fuerza de hacer
algo. Pero lo que un cliente hace a partir de ahí no puede
ser determinado por el terapeuta. Por eso, la evaluación
realizada al cabo de un tiempo no es realmente fiable, porque no
puede tener en cuenta los muchos otros factores que después
también entran en juego. Así, por ejemplo, cuando
la lealtad del hijo hacia los padres vuelve a irrumpir, llevándolo
a que prefiera la muerte antes que aceptar la solución, se
podría pensar que la terapia fue un fracaso. Pero no es así.
El paciente sigue siendo libre y puede decidirse también
de otra manera totalmente distinta, independientemente de la terapia.
¿Qué papel desempeñan
para ti la humildad y los gestos humildes, o determinados gestos
y posturas, y cómo los encontraste? Ya que es obvio que los
diversos gestos de humildad también se conocen en las religiones;
por ejemplo, el arrodillarse o el inclinarse hasta el suelo.
He deducido estos gestos de procesos concretos, sin ninguna relación
con determinadas religiones. Lo primero que deduje fue que una ligera
inclinación de la cabeza hacia delante permite que la energía
suba por la espalda hacia delante, es decir, que la postura de mirar
hacia arriba obstaculiza el flujo de la energía. Cuando la
persona inclina suavemente la cabeza hacia delante, la energía
fluye y se establece un mayor contacto con la tierra.
Cuando alguien realiza este gesto delante de sus padres, inclinándose
aún más profundamente, realza el orden original, es
decir, que los padres son grandes y él, pequeño. La
reverencia más profunda va hasta el suelo, y la frase que
la acompaña es: "Te doy la honra." Esta reverencia
tan profunda, por regla general se realiza ante el padre y la madre,
quizás aún ante los abuelos, pero raras veces ante
alguien más. Es la humildad más radical. Lo curioso
es que, una vez la persona se ha expuesto a ella, puede ponerse
al lado de sus padres, a un mismo nivel, sin arrogancia.
Comentario a la entrevista con Bert Hellinger en Berlín
Dr. Albrecht Mahr
(Médico y psicoterapeuta en
Würzburg, Alemania)
A mi pregunta por el criterio bajo el que debía leer el
texto, me dijiste: "Bueno, quizás haya algunas cosas
demasiado osadas en esta entrevista." Quedó abierto
qué podía ser demasiado osado y, en un principio,
al leerla, tampoco podía imaginarme nada, quizás,
porque tus ideas me resultan ya demasiado cercanas, demasiado familiares.
Ahora, lo más importante -y para una persona menos familiarizada
seguramente también lo más osado en tus afirmaciones-
me parece aquello que dices de la percepción fenomenológica:
se hace posible en una actitud libre de intenciones y de miedos,
actitud de asentimiento al mundo tal como es; por el recogimiento
sobre un centro vacío donde estamos en contacto con algo
sanador, algo misterioso, con el Gran Alma -"Fenomenología
significa visión de Dios", así lo resumes en
tu libro "Verdichtetes" (libro de aforismos, pequeñas
historias y frases sanadoras; nota de la traductora).
Pero ¿para quién sería osado? Seguramente para
una persona comprometida a un constructivismo estricto, que considera
la visión de Dios, o lo divino que puede ser visto, sólo
una construcción entre otras que "yo" hago. Le
resultaría difícil reconocer que las cualidades de
la percepción fenomenológica, tal como tú las
citas -y con ello también las fuerzas esenciales de sanación-,
únicamente pueden darse en cuanto toda construcción
cede; con otras palabras: cuando el yo, que quiere, teme o rechaza,
cede y se disuelve en la percepción de lo dado, del ser así
-nadie que actúe, sólo acción; nadie que perciba,
sólo percepción; o, referido a los procesos de sanación:
nadie que solucione, sólo solución.
Quizás, algunos constructivistas cuestionen el hecho de que
también ellos provienen de un gran Todo que, sin conocer
nacimiento ni muerte, da todo y toma todo. ¿Quizás
sería tranquilizante desenmascarar justamente eso como una
última gran construcción? Pero no, tanta autosuficiencia
sería desesperante.
Así, pues, sería chocante la experiencia de sanación
como realización religiosa que, en el sentido de una entrega
del yo construyente, significa un "deconstructivismo radical".
Conoces la afirmación del Buda en relación a los tres
venenos: avaricia, odio e ignorancia. Es decir, intenciones y esperanzas;
rechazo y miedo; y, como veneno fundamental que condiciona a los
otros dos, la ilusión de una unidad sólidamente delimitada
en su alcance temporal y energético: el "yo". Por
mis esfuerzos limitados de comprender este "yo" puedo
afirmar que éste sobre todo se constituye por el pensamiento
(por el inventar y construir) -cogito ergo sum. En un principio,
es una afirmación tranquilizante; al mirarla más detenidamente,
sin embargo, resulta agobiante y angustiosa por su fragilidad. Así,
pues, también por mi experiencia con constelaciones familiares
intuyo la verdad de la frase de: "El hombre propone y Dios
dispone."
Mientras exista la idea de mi "yo", también existen
construcciones. Y existen construcciones más o menos buenas.
Las construcciones buenas, por muy limitadas que sean, son mensajeras
del ser así, de lo divino detrás de Dios, y siempre
llevan, de manera explícita u oculta, las características
del amor en toda su plenitud: cordialidad, fuerza, entrega, renuncia,
luminosidad y liviandad, alegría, humor.
Existe un continuo: desde la construcción total de todos
los contextos, como si yo fuera el dueño sobre vida y muerte,
el constructor de cielo y tierra; pasando por un progresivo acercamiento
de la construcción al centro, a lo misterioso; hasta llegar
a la absoluta desaparición de toda construcción en
el ser así.
Como esa bella palabra de San Agustín: "Cuando lo mucho
desaparece, brota la plenitud."
Por tanto, la percepción se hace posible en la medida en
que el yo se calma, de retorno en un proceso de recogimiento hacia
un centro vacío, como tú lo describes. Así,
desde este centro vacío, que puede ser circunscrito pero
no descrito, puede surgir una fuerza que guía -mientras no
se pretenda comprenderla.
Una y otra vez me ocupa la experiencia de este ser guiado en el
trabajo con constelaciones familiares. Esta fuerza puede obrar en
cuanto mis conceptos, nacidos del yo y atados al yo, ceden a favor
de una actitud de servicio, es decir, de orientación en una
solución que sobre todo incluye a los desaventajados, que
evidencia las muchas fuerzas de la dominancia del yo, dejando que
en la meta equivocada mueran, para así rebosar y encauzarse
hacia la gran corriente.
De todos los procedimientos terapéuticos que hasta ahora
he conocido, el trabajo con constelaciones familiares desarrolla
con mucho la mayor fuerza para la sanación. A veces hasta
me atemorizan la intensidad y la profundidad que conlleva. Y si
entonces me pregunto qué es lo que yo he hecho en todo esto,
sólo tengo pocas posibilidades de halagar mi ambición,
ya que, con todo lo que soy y he aprendido, simplemente dejé
que algo Distinto se apoderara de mí, sirviéndose
de mí para hacer este trabajo. De "mí" no
puedo decir gran cosa en todo esto -y eso es fuente de una profunda
satisfacción y felicidad.
Ahora, para mí, el trabajo con constelaciones familiares
ya va unido a una extraña seguridad en mí mismo, fruto
de un olvido de mí mismo, de una confianza -que ha ido creciendo
paso a paso- en ser guiado en el momento en que el trabajo se inicia.
Como ya dije, en el fondo no puedo encontrar nada osado en tu entrevista.
Todo lo contrario, aquello que dices me parece tranquilizante, un
descanso
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