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Las
ordenes del Amor en Nuestras Relaciones
Resumen de Mayela García
Felicidad Dual, Gunthar Weber
“El amor llena lo que el orden abarca,
El uno es el agua, el otro el jarro.
El orden recoge,
El amor fluye,
Orden y Amor se entrelazan en su actuar.
Como una melodía, al sonar, se guía por las armonías,
Así, el amor se guía por el orden.
Y como el oído difícilmente se habitúa a las
disonancias,
Por mucho que se expliquen,
Así, nuestra alma difícilmente se hace
A un amor sin orden.
Algunos tratan a este orden
Como si no fuera más que una opinión,
Que pudieran tener o variar a gusto.
En realidad empero, nos viene dado:
Actúa aunque no lo entendamos,
No se idea, se encuentra.
Lo conocemos, igual que el sentido y el alma,
Por su efecto."
Desde el momento en que nacemos, pertenecemos a un determinado
sistema de relaciones que con el tiempo, va ampliándose en
círculos concéntricos
Los grupos y relaciones importantes para nuestra existencia, supervivencia
y nuestro desarrollo, de los que somos integrantes a lo largo de
nuestra vida, ya sea obligados, ya sea por libre elección.
- la familia de origen, nuestro padre, nuestra madre y nuestros
hermanos y hermanas
- la red familiar, formada por todos los demás parientes
- las relaciones libremente elegidas
- las relaciones de pareja
- las relaciones con nuestros propios hijos e hijas
- la relación con diversos grupos (nación, religión,
edad, sexo, clase social, profesión, etc.).
Todas las relaciones que establecemos se desarrollan dentro de un
Orden, independientemente de nuestra voluntad o de nuestra conciencia.
Se trata del Orden del Amor.
Los Ordenes del Amor, son las condiciones a tener en cuenta para conseguir
que el amor en todas nuestras relaciones crezca y prospere sin impedimentos,
en lo esencial están predeterminados y sólo se nos revelan
por los efectos de nuestros actos.
Relaciones del mismo tipo, siguen un orden y diversas relaciones siguen
a diversos ordenes.
Así por ejemplo la relación madre-hijo/a sigue un orden.
La relación de pareja sigue otro orden, y las relaciones entre
los hermanos y hermanas sigue a otro orden. En todos nuestros sistemas
relacionales existe, además, una compleja interacción
de necesidades fundamentales:
1. |
La necesidad de vinculación |
2. |
La necesidad de mantener un equilibrio entre dar y tomar |
3. |
La necesidad de encontrar seguridad en conveniencias sociales
que hacen posibles nuestras relaciones. |
En la vida, experimentamos estas tres necesidades vehementemente,
percibiendo en ellas fuerzas que favorecen y exigen, impulsan y
dirigen, dan felicidad y ponen límites, y, tanto si lo queremos
como si no, nos vemos expuestos y expuestas a su poder que nos obliga
a fines que van más allá de nuestros deseos y de nuestro
querer consciente.
En ellas se refleja y se cumple la necesidad fundamental de todo
ser humano de relacionarse íntimamente con sus congéneres.
De manera sensible percibimos estas fuerzas que velan por nuestras
relaciones en los sentimientos de culpa o inocencia respecto a otros,
es decir, a través de la conciencia.
1. LA VINCULACION.
EL NIÑO/A VIVE ESTA VINCULACIÓN COMO AMOR
Y COMO FELICIDAD.
Independientemente de si en este grupo podrá desarrollarse
favorablemente o no, y sin tener en cuenta quiénes y cómo
son sus padres.
El niño/a sabe que pertenece ahí y este saber y este
vínculo son amor, un amor primario.
Esta vinculación es tan profunda que el niño/a, incluso
está dispuesto a sacrificar su vida y su felicidad por el
bien del vínculo.
2. EL EQUILIBRIO ENTRE DAR Y TOMAR
En todos los sistemas vivos existe una continua compensación
de tendencias antagónicas, Es similar a una ley natural.
Es decir, la compensación entre tomar y dar no es más
que una aplicación a sistemas sociales.
La necesidad de un equilibrio entre dar y tomar hace posible el
intercambio en los sistemas humanos. Esta interacción se
inicia y se mantiene por el hecho de tomar y de dar, regulándose
por la necesidad de todos los miembros de un sistema de llegar a
un equilibrio justo. En cuanto éste se consigue, una relación
puede darse por acabada. Esto ocurre, por ejemplo, si se devuelve
exactamente lo mismo que se recibió. Pero también
puede reanudarse y continuar la relación, dando y tomando
de nuevo.
El proceso es el siguiente: el hombre le da a la mujer y , en consecuencia,
ella se siente presionada por haber tomado. Es decir, habiendo recibido
algo del otro, por muy bello que sea, perdemos algo de nuestra independencia.
En seguida surge la necesidad de compensación, y para deshacerse
de la presión, la mujer le devuelve algo al hombre. Por precaución
aún le da un poco más, con lo cual se crea de nuevo
un desequilibrio y así el proceso sigue. Ni el que a ni el
que toma están tranquilos hasta que no lleguen a un equilibrio,
hasta que el primero no tome también y el segundo también
dé.
A. La felicidad se rige por la cuantía de dar y tomar.
B. Cuando existe un desnivel entre tomar y dar
C. Si no es posible llegar a un equilibrio
D. La recompensa negativa
E. El perdón malo y el perdón bueno
F. Sufrimiento preventivo en separaciones
G. Renuncia a la felicidad como intento de recompensa
H. La conformidad con el destino
I. Como recompensa, un hijo de rescate
A. LA FELICIDAD SE RIGE POR LA CUANTIA ENTRE DAR Y TOMAR.
Cuanto más extenso sea el intercambio, tanto más
profunda será la felicidad. Sin embargo, existe una gran
desventaja: la vinculación resulta aún más
fuerte. El que quiera libertad, tan sólo puede dar y tomar
muy poco y tan sólo puede permitir un intercambio muy reducido
entre ambas partes.
La felicidad en una relación depende de la medida en que
se toma y se da. Un movimiento reducido sólo trae ganancias
reducidas. Es como el andar. Nos paramos si aguantamos el equilibrio,
y seguimos avanzando si una y otra vez lo perdemos para después
volver a recuperarlo.
Un gran movimiento entre tomar y dar viene acompañado de
una sensación de la alegría y plenitud. Esta felicidad
no cae del cielo, se hace.
Si el intercambio se realiza a un nivel elevado y es equilibrado,
tenemos una sensación de ligereza, de justicia y de paz.
De las muchas posibilidades de experimentar la inocencia, ésta
es la más liberadora y bella.
B. CUANDO EXISTE UN DESNIVEL ENTRE TOMAR Y DAR.
• Dar sin tomar
Tener derecho a algo es una sensación agradable, y por ser
una sensación tan agradable, a algunos les gusta conservarla.
Prefieren conservar la reivindicación, en vez de permitir
que otros les den algo, como siguiendo el lema: “Vale más
que tú te sientas obligado que no yo”.
Frecuentemente ocurre con la mejor de las intenciones, y esta actitud
goza de gran respeto. Muchos idealistas mantienen esta postura,
conocida como el ideal de los que se dedican a ayudar a los demás.
También es un fenómeno frecuente entre psicoterapeutas.
Estos, por ejemplo, no están dispuestos a alegrarse en las
psicoterapias, como pequeña recompensa por el esfuerzo e
realizan. En consecuencia, el proceso se hace penoso y ya no está
equilibrado. Pero si alguien da sin tomar, al cabo de un tiempo,
los demás tampoco no quieren aceptar nada de él. Es
decir, se trata de una actitud hostil para cualquier relación,
ya que aquél que únicamente pretende dar, se aferra
a su superioridad y, de esta manera, niega la igualdad a los demás.
Es de suma importancia para cualquier relación que no se
dé más de lo que se esté dispuesto a tomar
y que el otro sea capaz de devolver. De esta manera, inmediatamente,
se establece una medida para saber hasta dónde se puede ir.
Si, por ejemplo, una mujer rica se casa con un hombre pobre, en
muchos casos no funciona, porque siempre es ella la que da, y el
hombre no tienen la posibilidad de devolverle nada. En consecuencia,
se irrita. Siempre se irrita aquél que no tiene la posibilidad
de conseguir una compensación. Si una mujer le paga los estudios
a su marido, éste, al finalizar su carrera, la dejará.
Ya no tiene ninguna posibilidad de llegar a un nivel de igualdad,
a no ser que le devuelva todo, hasta el último céntimo.
Entonces queda de nuevo libre y la relación puede seguir.
Si un hombre que ya ha vivido su vida se casa con una mujer que
aún la tiene por delante, esta relación está
destinada a fracasar. La mujer se vengará del hombre. El
hombre sabe que ella tiene el derecho de hacerlo y , por lo tanto,
tampoco intervendrá. Naturalmente, lo mismo es válido
a la inversa.
• Negarse a tomar
Algunos pretenden conservar su inocencia negándose a tomar.
En un caso así, no están obligados a nada y muchas
veces se consideran especiales o mejores. Sus vidas, sin embargo,
sólo funcionan al mínimo y, en consecuencia, se sienten
vacíos y descontentos. Esta actitud se encuentra en muchas
personas depresivas que se limitan en su disfrute de la vida. En
primer lugar, se niegan a tomar a sus padres, y más adelante,
esta actitud se traspasa a otras relaciones y a las cosas buenas
de este mundo. Por esta razón muchos de los que se apartan
voluntariamente de nuestra sociedad tampoco aceptan nada, para no
tener que dar.
• Pequeños defectos
También existe un desnivel respecto al equilibrio si uno
de los cónyuges tiene un “defecto” al momento
de contraer el matrimonio. Para una mujer soltera, por ejemplo,
que aporta un hijo al matrimonio, lo mejor sería casarse
con alguien que también tenga un “defecto”. Entonces
podrán ser felices. De lo contrario, ella se enfadará
con él, porque nunca podrá llegar a un nivel de igualdad.
Por lo tanto, “mire quien votos perdurables hace, si con su
corazón cuadra el que elige” (de la “Canción
de la Campana” de Friedrich Schiller).
C. SI NO ES POSIBLE LLEGAR A UN EQUILIBRIO.
• Entre padres/madres e hijos/hijas
El equilibrio entre tomar y dar, hasta ahora descrito, sólo
es posible entre personas que se mueven a un mismo nivel, es decir,
de igual a igual.
Es diferente entre padres/madres e hijas/hijos. Los hijos y las
hijas nunca pueden devolverles a sus padres nada equivalente. Quisieran
hacerlo, pero no les es posible. Existe un desnivel insuperable
entre tomar y dar. Si bien los padres también reciben de
sus hijos, y los maestros/as de sus alumnos/as, el desequilibrio
no se compensa, sólo se atenúa.
Respecto a sus padres, los hijos siempre quedan en deuda, y por
esta misma razón, tampoco consiguen desligarse de ellos.
De esta manera, la vinculación de los hijos con sus padres
se fortalece y consolida aún más, precisamente por
ser irrealizable la necesidad de llegar a un equilibrio.
Otro efecto consiste en que, más tarde, los hijos sienten
el impulso de salir de la obligación, impulso que les ayuda
en el momento de separarse de los padres. EL QUE NO TIENE LA POSIBILIDAD
DE COMPENSAR UN DESEQUILIBRIO, TIENDE A ALEJARSE.
La solución es que los hijos pasen a otros lo que ellos mismos
recibieron de sus padre, en primer lugar a sus propios hijos, es
decir, a la generación siguiente, o si no , en un compromiso
con otras personas. El que se da cuenta de esta salida, pasando
lo recibido a otros, es ca paz de tomar mucho de sus padres.
Lo que es válido entre padres/madres e hijas/hijos y entre
maestros/as y alumnos/as, también es válido en otros
ámbitos. Dónde quiera que ya no sea posible o apropiado
llegar a un equilibrio, devolviendo o intercambiando, aún
tenemos la posibilidad de deshacernos de la obligación y
de la deuda, si de aquello que recibimos pasamos algo a otros. De
esta manera, todos, tanto si dan como si toman, se someten a un
mismo orden y a una misma ley.
Börries von Münchhausen lo describe en un poema:
LA BOLA DE ORO
Por mucho amor que del padre recibiera,
No se lo pagué, ya que de niño
No reconocía el valor del don,
Y de hombre, me hice igual que los hombres, y duro.
Ahora, un hijo me crece, tan bienamado
Como ninguno que fuera la delicia de un corazón de
padre,
Y yo pago lo que en un tiempo recibí
Con aquél, que no me lo dio, ni me lo devuelve.
Pues al hacerse hombre y pensar
como los hombres,
Él, al igual que yo, hará sus propios caminos,
Nostálgico, pero sin envidia, lo veré,
Dando al nieto aquello que a mi me corresponde.
Lejos en la sala de los tiempos
mi mirada va,
Contenida y serena, observando el juego de la vida,
La bola de oro cada cual, sonriente, pasa
y ninguno la bola de oro devolvió.
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• Agradecimiento como recompensa
Una última posibilidad de llegar al equilibrio entre tomar
y dar, es el agradecimiento. Hay que tener en cuenta, sin embargo,
que el decir “gracias” muchas veces sustituye el agradecimiento.
El “gracias” es la manera barata de expresar un agradecimiento.
Dar las gracias significa : lo tomo con alegría y lo tomo
con amor, lo cual expresa un profundo reconocimiento del otro.
Al dar las gracias, no se rehuye el dar, aún así,
ésta es, a veces, la única respuesta adecuada para
quien recibe, por ejemplo, una persona disminuida, un enfermo, un
niño pequeño, y a veces alguien que nos ama.
Aquí, junto a la necesidad de compensación, entra
en juego también ese amor elemental que atrae y une a los
miembros de un sistema social.
Es el amor que acompaña el tomar y el dar, y les precede.
El que da las gracias reconoce:
“Tú me das, independientemente de que yo, en algún
momento pueda devolvértelo, y yo lo tomo de ti como un regalo”.
El que acepta el agradecimiento dice:
Tú amor y el reconocimiento de mi don para mí significan
más que todo lo que aún puedas hacer por mí”.
• Cuando ya no es posible la reparación.
La deuda y el daño adquieren una importancia fatal, en el
momento en que una persona sufre tal daño en su cuerpo, vida
o propiedad, que y a no sea posible la compensación. En un
caso así, ninguna expiación, ni ningún otro
hecho pueden restablecer el equilibrio.
Tanto al autor, como a la víctima sólo les quedan
la impotencia y la sumisión, cualquiera que sea el destino
de cada uno de ellos.
D. LA RECOMPENSA NEGATIVA
La culpa como obligación, y la inocencia como reivindicación
y descarga están al servicio del intercambio, y mantienen
nuestras relaciones en marcha. Es una culpa buena y es una inocencia
buena, por las que nos beneficiamos mutuamente y nos unimos en el
bien.
Sin embargo, la necesidad de un equilibrio y de una justicia compensadora
no tan sólo actúa en un sentido positivo, sino también
en un sentido negativo. Es decir, si alguien en el sistema atenta
contra mí, sin que yo pueda defenderme, o si reclama para
sí mismo algo que me perjudica o tiene que hacerme daño,
yo siento la necesidad de llegar a una compensación. Ambos,
el autor y la víctima, se ven sometidos a esta necesidad.
La víctima tiene el derecho de reivindicar la compensación,
y el autor se sabe obligado a ella. Pero esta vez la compensación
actúa en perjuicio mutuo, ya que, después de cometerse
la injusticia, también el inocente trama el ma. Pretende
perjudicar al culpable, tal como éste lo perjudicó,
y quiere causarle un daño equivalente al suyo, o incluso
algo mayor. Esta actitud también une de una manera muy estrecha,
aunque sea en la desdicha.
Sólo cuando los dos, el culpable y su víctima, hayan
estado igualmente enfadados, y hayan sufrido y perdido en la misma
medida, se encuentran de nuevo a un mismo nivel. Entonces tienen
otra vez la posibilidad de llegar a la paz y a la reconciliación.
• De lo negativo más vale
devolver algo menos.
También aquí es válido si alguien comete una
injusticia conmigo y yo le devuelvo exactamente lo mismo, la relación
se termina. Si le devuelvo un poco menos, no sólo se cumple
con la justicia, sino también con el amor.
A veces es preciso enfadarse con alguien para salvar la relación,
se trata, sin embargo, de un enfado con amor, porque se tiene en
cuenta la importancia de la relación.
El que se enfada con odio sobrepasa los límites, dándole
al otro el derecho de acrecentar su enfado.
De esta manera se cumplen tanto las exigencias del amor como de
la justicia, y el intercambio positivo puede reanudarse y continuar.
Ahora bien, si los padres cometen una injusticia con sus hijos,
éstos no pueden buscar el equilibrio causándoles otro
daño a sus padres. El hijo, la hija, no tienen el derecho,
hagan lo que hagan el padre / la madre. En este caso el desnivel
entre unos y otros es demasiado grande.
• Exigir la reparación.
El culpable nos parece tanto más culpable, y sus actos tanto
más graves, cuanto más indefensa e impotente sea su
víctima. Pero la víctima, una vez cometida la injusticia,
raras veces se queda indefensa. Podría actuar y exigir del
autor justicia y reparación, que pondrían término
a la culpa y harían posible un nuevo comienzo Muchas veces
sin embargo, se cultivan la reivindicación y el derecho de
estar resentido con el otro.
Pero si la víctima misma no actúa, otros intentan
hacerlo por ella, con la diferencia, sin embargo, de que en este
caso tanto el daño como la injusticia, que otros cometen
en su nombre y en su lugar con terceros, acaban siendo mucho más
graves que si ella misma se hubiera encargado de defender su derecho
de vengarse. Donde los inocentes prefieren sufrir en vez de actuar,
pronto hay más víctimas y malos que antes. Es ilusoria
la idea de que podríamos evitar el vernos afectados, o esquivar
la culpa, aferrándonos a la inocencia y su impotencia en
vez de enfrentarnos con la culpa y sus consecuencias. De manera
que ésta pueda llegar hasta el final y desarrollar también
su fuerza positiva.
E. EL PERDON MALO Y EL PERDON BUENO
Un efecto similar al de mantener la impotencia es el del perdón
apresurado, que sustituye un enfrentamiento necesario y que, en
vez de solucionar el conflicto, lo tapa y lo transfiere. El mismo
efecto tiene también el perdón arrogante, es decir,
si alguien alegando una superioridad moral, le perdona la culpa
al culpable, como si tuviera el derecho de hacerlo.
Si se pretende llegar a una reconciliación auténtica,
el inocente no sólo tiene el derecho a la reparación
y la expiación, sino incluso tiene la obligación de
exigirlas. De lo contrario, él mismo se hace culpable con
el culpable. Y el culpable no sólo tiene la obligación
de aceptar las consecuencias de sus actos, sino también tiene
el derecho de hacerlo.
F. SUFRIMIENTO PREVENTIVO EN SEPARACIONES.
Por miedo a reproches y por miedo de hacerle daño al otro,
algunos, antes de separarse, se obligan a sufrir durante mucho tiempo,
tanto que quede compensado el dolor del otro, como si después
tuvieran más derechos a dar el paso. Por esta razón,
los procesos de divorcio tardan tanto. En la mayoría de los
casos la persona tan sólo necesita un ámbito nuevo
y más extenso, quizá su alma necesite más espacio
para crecer, y se siente cogida y prisionera por no poder emprenderlo
sin perjudicar o hacer daño a otro.
Cuando por fin se separan, no sólo aquella persona tiene
la posibilidad y el riesgo de un nuevo comienzo, sino, sin esperarlo,
también al otro se le abren nuevas posibilidades. Si el otro,
sin embargo, se cierra y permanece en su dolor, le hace más
difícil al primero emprender su nuevo camino. En cambio,
aprovechando su nueva posibilidad, también le da al primero
libertad y descarga. De todas las maneras de perdonar a otros, ésta
es par mí la más bella. Reconcilia, aún si
la separación sigue en pie.
G. RENUNCIA A LA FELICIDAD COMO INTENTO DE RECOMPENSA.
Lo que es correcto e importante en relaciones para que éstas
sean logradas, a veces, de manera ilícita, se traspasa a
otros contextos en los que se convierte en un absurdo, por ejemplo,
si una persona saca provecho de una situación, mientras otro
en el mismo contexto sufre una pérdida, estos dos hechos
se relacionan en el alma, desarrollándose así la necesidad
de llegar a una compensación como si lo primero existiera
a costa de lo segundo. En un caso así, ocurren cosas muy
graves.
Si por ejemplo, un padre vuelve ileso de la guerra o del cautiverio,
donde otros perecieron, de repente, una hija tiene la idea de pagar
porque el padre volvió, o el padre mismo ya no se ve con
el derecho de tomar mucho de la vida. O el caso de alguien que es
salvado de un peligro mortal, y a continuación comienza a
pagarlo con un síntoma o empieza a limitarse.
Si en una familia hay un hijo disminuido, los otros hermanos sanos
muchas veces no se atreven a tomar su salud y su felicidad, ya que
desarrollan la fantasía de que ellos tienen lo positivo ensu
vida a costa del hijo enfermo. Intentan compensarlo mostrándose
también ellos enfermos o depresivos, o limitándose
en sus posibilidades de algún otro modo. Esta dinámica
es como una descarga interior. Nos encontramos indefensos y sin
recursos ante tal culpa o inocencia que le Destino depara. La posición
de querer compensar algo, por tanto, es arrogante en este contexto,
ya que la persona pretende pagar algo que se le da como regalo.
El tomar y el dar las gracias, el tomarlo como un regalo, sin pagarlo,
es la solución y una realización muy especial. Este
agradecimiento es una actitud interior. No está dirigido
a nada ni a nadie.
Alguien se mete a un río y éste le lleva a la otra
orilla. Ahí sale de nuevo del agua y hace una reverencia
ante el río. Al río, sin embargo le da igual. Eso
es dar las gracias.
• Expiación como recompensa ciega.
La expiación también constituye un intento de recompensa,
intento ciego, instintivo, sin embargo, que se realiza sin control.
Con espacial frecuencia se encuentra este intento de recompensa
en familias en las que una madre murió al dar a luz un hijo.
Naturalmente el hijo que sobrevive es inocente de la muerte de la
madre. A nadie se le ocurriría pedirle cuentas por ello,
pero, a pesar de todo, el conocer su inocencia no le aporta ningún
alivio. Como ser social, se sabe integrado en un sistema en el que
recibió su vida a costa de la de su madre. No puede evitar
una y otra vez, ver su vida en relación con la muerte de
su madre, y nunca consigue deshacerse de la presión de la
culpa. Lo que frecuentemente ocurre tras un incidente tan trágico
es una dinámica fatal. La situación se interpreta
como si el marido, por su impulsividad, hubiera asesinado a la mujer,
como si, por decirlo así, la hubiera sacrificado a sus instintos.
En realidad, los padres son conscientes del riesgo de la realización
del amor y han aceptado conscientemente ese riesgo. Estas fantasías
de asesinato también descalifican a las mujeres, representando
un delito contra su dignidad. En la configuración de tales
constelaciones, las mujeres no expresan ninguna acusación
contra el hombre y son plenamente conscientes de su propia dignidad.
La imagen de asesinato, sin embargo, conduce a que hijos varones
en generaciones posteriores, y un suceso así aún afecta
a muchas generaciones más, lo expíen. Muchas veces
aún nietos y bisnietos se suicidan por la muerte de una mujer
así. Es una forma de recompensa primitiva, antiquísima
y ciega: uno desaparece y en recompensa, otro se va. En cuanto se
hace algo en reparación, el respeto se pierde. Algunos/as
renuncian a una relación de pareja y a tener hijos, por ejemplo,
haciéndose sacerdotes o casándose con una mujer/hombre
que ya no puede tener hijos.
Este tipo de muerte en un sistema crea miedo, y por miedo, este
hecho frecuentemente se calla. Es la exclusión peor en un
sistema y también crea las consecuencias más graves.
Ahora bien, si el hijo que sigue con vida se limita o se suicida,
el sacrificio de la mujer fue en vano y encima se le hace responsable
de la desgracia del hijo.
La solución consiste en conceder a la mujer un lugar respetado
en el sistema, y que el hijo le diga a su madre: “Ya que perdiste
tu vida al nacer yo, que no hay sido en vano. Precisamente porque
te costó tanto, te ¿demuestro que valió la
pena. Acepto la vida por el precio que tede costó a ti, y
por el precio que me cuesta a mí, y le saco partido en tu
memoria.”.
Es el mismo amor, pero con otra dirección, Así, la
presión de la culpa fatal se convierte en motor y en fuerza
para la vida, haciendo posibles actos que otros no lograrían
realizar nunca. Aporta reconciliación y paz, permitiendo
ue el sacrificio de la madre tenga un efecto bueno.
H. LA CONFORMIDAD CON EL DESTINO.
Hay una parte de la fatalidad que pertenece a mí mismo/misma,
por ejemplo una enfermedad hereditaria, una mutilación de
guerra, o condiciones difíciles enla infancia. Si me rebelo
contra este destino invariable o me muestro descontento, manteniendo
vivas la irritación y la reivindicación, o buscando
culpables, o no integrando esta fatalidad en mi vida, entonces este
destino tampoco puede desarrollar su fuerza.
Al igual que puedo ser salvado de manera inmerecida y sin intervenir
personalmente, es decir, puedo recibir un regalo que otros no reciben,
también tengo que asentir si se me exige llevar las consecuencias
de algo negativo que ocurrió sin mi culpa. Al Destino no
le importan nuestras reivindicaciones, ni tampoco nuestra reparación.
Bert Hellinger llama Humildad a esta actitud que sirve de base
para esta manera de actuar, La humildad permite tomar la vida y
la felicidad tal como vienen dadas y mientras duren, independientemente
del precio que otros pagaron por ello. También permite asentir
a un destino duro.
También es la respuesta adecuada a la culpa y a la inocencia
fatales, poniéndome a un mismo nivel con las víctimas.
Me permite honrarlas, no tirando o limitando aquello que recibí
“a su costa”, sino justamente aceptándolo, a
pesar de su alto precio y transmitiendo parte de ello a otros.
3. EL ORDEN
La tercera condición básica para conseguir unas relaciones
logradas es el orden. Aquí me refiero, dice Bert Hellinger,
en primer lugar, a las reglas que conducen la convivencia de un
grupo a cauces fijos. En todas las relaciones duraderas se desarrolla
normas, ritos, convicciones y tabúes comunes que, a continuación,
adquieren un carácter vinculante para todos. De esta manera,
las relaciones se convierten en un sistema con orden y estructura.
Estas conveniencias sociales constituyen el orden superficial,
es decir, el orden más bien exterior y acordado, que varía
ampliamente de un grupo a otro.
Detrás de éste actúan órdenes predeterminados
que se sustraen a toda posibilidad de acuerdo.
Los llamo Ordenes del Amor, y tienen que ver con el lugar que cada
integrante de la familia ocupa, el lugar al que tiene derecho.
El lugar del padre, el lugar de la madre, el lugar de la primera
pareja, de la segunda si la hay, el lugar de cada uno de los hermanos
y hermanas. Esto es algo que no podemos cambiar a voluntad y que
implica diferentes fuerzas en los diferentes vínculos. Cuando
se trastoca el orden, es decir, cuando alguien toma un lugar que
no le corresponde (no reconocimiento a parejas anteriores por ejemplo,
o hijos/hijas que piensan son mejores que sus padres en cualquier
sentido), se desequilibra el sistema y se producen implicaciones
familiares. Guardar el orden significa reconocer profundamente y
humildemente nuestro propio lugar y desde ahí tomar la fuerza
y la bendición de la familia.
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